Publicado el lunes, 8 de marzo de 1999 en El Nuevo Herald

ENRIQUE PATTERSON

Direcciones contrarias

Estados Unidos y el resto de la comunidad internacional van a tener que repensar la forma de lidiar con Castro, sobre todo después del último zarpazo jurídico y fáctico que el régimen ha lanzado contra la Cuba que nace. Con mayor o menor énfasis Estados Unidos y el resto del mundo democrático reconocen la necesidad de que el totalitarismo cubano debe transitar pacífica y legalmente hacia un régimen democrático. La diferencia está en las vías.

Europa y América Latina han adoptado, en general, la política del compromiso constructivo; asumen que a través del aumento de los vínculos diplomáticos y comerciales facilitarán una transición democrática; a la vez que cabildean y aconsejan a Castro en esa dirección. Estados Unidos ha adoptado la posición contraria. Mientras Europa y Latinoamérica se portan demasiado complacientes, Estados Unidos demasiado maximalista. Sin embargo, las últimas medidas de la administración norteamericana flexibilizando el embargo pusieron a Castro furioso; ``el demonio'' comenzó a esfumarse de modo que se hizo más evidente que Castro actúa por la actuación de los suyos propios.

Hasta ahora la comunidad internacional había interpretado los pequeños espacios logrados desde antes y, sobre todo, después de la visita de Juan Pablo II, como señales de una lenta voluntad de apertura por parte del gobierno cubano. Se han equivocado. Los pequeños espacios no han sido ``concedidos'' desde arriba, sino ``arrebatados'' desde abajo. Son producto de la presión social y del valor de una minoría --disidentes, periodistas independientes, intelectuales-- dispuesta a pagar un alto precio por recuperar el espacio civil. La galopante represión es producto de la desesperación agónica de un régimen que trata de recuperar los espacios perdidos.

Si hasta ahora no hemos visto una mayor dinámica interna se debe a que el factor internacional --me refiero al mundo democrático-- no ha sido favorable a los opositores. Cuba no les interesa por sí misma a Estados Unidos, Europa o América Latina. La política americana hacia Cuba está condicionada no tanto por los intereses del estado como por la presión local de un exilio que ha aprendido más a hacer política dentro de Estados Unidos y hacer valer sus intereses como grupo minoritario e influyente que a analizar la situación cubana desde una perspectiva política global. A su vez, la política europea y latinoamericana está más orientada a desmarcarse y contradecir a Estados Unidos que a propiciar una solución democrática para los cubanos.

Ambas políticas, la americana y la latinoamericana y europea, han fracasado. El aumento de la represión y el cierre de espacios económicos antes abiertos a la población de la isla lo demuestran.

Los únicos que no han fracasado es la exangüe oposición interna y el movimiento tendiente a recuperar espacios civiles. La oposición es tan minoritaria y débil como enorme es el descontento de la ciudadanía hacia el gobierno. No obstante, el gobierno la reprime como si se tratara de un movimiento opositor e insurrecto de grandes dimensiones. El precio del triunfo, claro está, es muy caro.

Es necesario crear un sistema de criterios a nivel internacional acerca de cómo lidiar con el régimen castrista. No creo que a finales de siglo se pueda permitir pasivamente que un gobierno juzgue a sus ciudadanos por emitir opiniones sobre la situación del país o porque deseen ejercer el periodismo sin la tutela del estado; o que un ciudadano sea considerado delincuente por tener un negocio. Es demasiado. De quién esté o no en el poder es un problema de los ciudadanos del país, pero de que estos ciudadanos no puedan expresarse y carezcan de los derechos fundamentales es algo que, a finales de siglo, trasciende las fronteras nacionales.

El gobierno norteamericano debiera dar más pasos en la misma dirección de las recientes medidas adoptadas respecto a Cuba; cuando Castro aprieta lo inteligente es aflojar aún más en lo que pueda beneficiar más al pueblo que al gobierno; y a la vez echarse a un lado para que otros países lideren la confrontación internacional con el régimen cubano. La razón es sencilla: cuando los estados totalitarios no se abren lentamente --como ocurrió en Hungría y en Polonia-- al final estallan como Bosnia o Chechenia. En ese momento a los norteamericanos no le quedará otra opción que la intervención para evitar la avalancha que se lanzará sobre sus costas o el mar de sangre que provocará el estallido. Los americanos, que no saben cómo salir de Puerto Rico, corren el riesgo futuro de intervenir Cuba en contra de su voluntad. Mientras más Cuba se deteriore se estará más cerca del estallido con, o después de, la desaparición de Castro. La comunidad internacional y Estados Unidos deben trabajar desde ahora para evitar esto. Castro trabaja en la dirección contraria.

 

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