Publicado el sábado, 26 de septiembre de 1998 en El Nuevo Herald

ROBERTO LUQUE ESCALONA

Trovas

La música es lo principal de la vida y los cubanos tenemos música para regalar. ¿A qué vienen, entonces, tantas lamentaciones? Cuarenta años de totalitarismo, miles de muertos en guerras absurdas y navegaciones más absurdas aún, la economía dislocada, el medio ambiente gravemente afectado, la hipocresía convertida en característica nacional, el coraje en síntoma de locura y la honestidad en idiotez. Feo el panorama, ¿verdad? No importa; tenemos la música.

``La música nos hermana a todos''. Mamerto conoce muy bien a Tertuliano y sabe que es un hachepé de exportación; le consta, pues ha sido una de sus víctimas. Sin embargo, un día descubre que, como él, Tertuliano es un admirador de Pérez Prado. Mamerto el perseguido y Tertuliano el perseguidor se sientan frente a un CD player y al rato, después de escuchar Qué rico el mambo y Mambo número 5, Mamerto le ha perdonado a Tertuliano sus perrerías; Ana María y Caballo negro, llevan a Mamerto del perdón a la amistad y a los primeros compases de Mambo a la Kenton ésta se ha convertido en un sentimiento absolutamente fraternal. Como dijo no sé quién, la música nos hermana a todos.

Aunque hay cosas peores que ser frívolo, en ciertas circunstancias la frivolidad resulta repelente. Para algunos. A otros le resulta sumamente útil, y si usted puede contar para su envolvencia con personas frívolas bien situadas en medios de prensa y círculos académicos, pues verá cuánto puede lograr. Por ejemplo, que un periodista llegado no hace mucho de Cuba, que se supone conozca la manera de actuar del régimen bajo cuyo poder nació y pasó casi toda su vida, se sume al coro envolvente y escriba que el Timbiriche Tal es ``visita obligada'' de los intelectuales de paso por Miami. No es de extrañar que, ante el apoyo recibido por su establecimiento, el dueño del timbiriche se atribuya buena parte de la fama internacional de la Calle 8, y afirme que el grupo musical por él apadrinado es la nueva sonoridad de Miami. La Calle 8 era conocida incluso en Cuba, país cerrado al mundo, cuando al susodicho empresario aún le quedaban muchos años como cachanchán de Alfredo Guevara. En cuanto al piquete. . ., después de hablar de Pérez Prado no estoy para ellos.

Otro que llegó no hace mucho, un documentalista, habla de la necesidad de conocernos. ¿Es que acaso no nos conocemos? Nosotros somos la gusanera de Miami y ellos son los que siempre fueron. Ahí tienen, por ejemplo, a Reinaldo González, director de la Cinemateca de Cuba. Lo conocí hace veinte años, cuando era un típico ``escritor de la revolución'', lo cual quiere decir que ni él ni su literatura valían una peseta. Ahora, en España, critica la política cultural de los años 70, o sea, la época de nuestro único encuentro; por supuesto, los ``errores'' se los asigna a la burocracia y se dan como superados. Lo cierto es que hasta hoy y desde mucho antes de los 70, las relaciones del estebanato con el arte y la literatura han estado regidos por una consigna: ``Dentro de la revolución todo, fuera de la revolución nada''. Esteban Dido siempre se ha reservado el derecho de marcar la línea divisoria con una tiza que lleva en el bolsillo.

Tonterías musicales, cuentos de camino sobre pasados errores de la burocracia, comparaciones mentirosas: toda una campaña. Como parte de ella, la de hablar de ``actos de repudio'' en Miami. Es lamentable que alguien como Zoé Valdés, que sabe o debiera saber lo que son esos aquelarres, posibles sólo en un régimen despótico, los iguale a las manifestaciones de protesta que han tenido lugar últimamente aquí. Zoé sabe muy bien que los ``actos de repudio'' son organizados por el propio gobierno, que la policía sólo se presenta en ellos para llevarse preso al indefenso ``repudiado'' y que la gentuza participante goza de total impunidad. Indefensión de unos e impunidad de los otros: ésos son los elementos que definen un ``acto de repudio'' y aquí no se dan. Esto es USA.

Lo de ser amiga de los amigos está bien, pero no hay que exagerar. Y te diré algo, muchacha. Si de veras quieres. . .; deja ver cómo decía. Aquí está: si de veras quieres ``vibrar como un pétalo de mar-pacífico cubano en su corazón'' (sea el mío o el del exilio) tienes que mandar la merde a los que necesitan demonizar a Miami para justificar el apoyo que le dieron a la tiranía. Créeme, esa gente no sirve. Tu amigo tampoco; pero yo respeto la amistad.

Volvamos a la campaña. Iba bien, con uno que otro escache imprevisible como las palabras de Rubalcaba, padre de Gonzalo, en La Habana: ``La música es un arma de la revolución''. Insisto: eso es allá; aquí, la música es apolítica. Iba bien, les decía, pero de repente, en el verano caliente y húmedo de Miami, ocurre algo nada musical, aunque en la jerga del espionaje se les llama ``pianistas'' a los que operan trasmisores. Una vez más, Esteban deja a sus servidores colgados de la brocha y las trovas sobre acercamientos, aperturas, apoliticismo, nostalgia, cambios y cambalaches suenan a coro de borrachos.

El mismo maleante de siempre, aunque con menos recursos, y con sus mejores espías muertos, presos, retirados o convertidos en desertores. Y con un agravante: si antes la información era destinada a un gobierno, el de la madre URSS, ahora no puede haber otro destinatario que los terroristas islámicos, esos hijos de mala madre y peor padre. No hace mucho que unos especialistas en asuntos militares afirmaron que ``Cuba'' (así llaman al gobierno del Coma Andante) ya no era una amenaza para Estados Unidos. La trova militar como refuerzo de la periodística. Pero la realidad es terca. Lo cierto es que Esteban Dido dejará de ser una amenaza para este país cuando la flaca de la guadaña le saque tarjeta roja. Nunca antes.


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