Pero, sobre todo, ¿quiénes eran los que prohibieron sus
canciones, los que tapiaron su imagen, los que derrocharon miles de
palabras para convencernos de la perversidad ideológica de este
Lennon que, según palabras de Ricardo Alarcón, ``expresa
abiertamente su identificación con el ideal socialista''? Eran
entonces enemigos del ``ideal socialista'' los que persiguieron nuestra
juventud, los que sumieron en las catacumbas nuestro fervor por este
Lennon, artífice de una época en que se produjo la
caída de ``dogmas y fetiches, se quebraron los moldes del
fariseísmo y la banalidad, se replegó la torpe mediocridad
de una sociedad injusta y embustera'' (Alarcón dixit)? ¿Eran
entonces aquellos funcionarios y policías de mi juventud fariseos y
banales, torpes mediocres fabricantes de una sociedad injusta y
embustera?
Pero, un momento. ¿No eran ellos los defensores de la pureza
ideológica de la revolución? ¿No eran ellos el baluarte
contra tipejos como Lennon, que ahora resulta un revolucionario,
socialista incluso, y campeón de la clase obrera? ¿Y
quiénes éramos entonces nosotros? ¿Resulta que cuando
mutilaban nuestro espíritu revolucionario en nombre de la
revolución no hacían sino defender su derecho de propiedad
sobre una sociedad injusta y embustera que nos vendían como
nuestra?
Y habla Alarcón de un ``Lennon como paradigma del intelectual
enteramente libre y creador, cabalmente comprometido con su tiempo''. De
modo que nuestros represores pretendían que fuésemos todo lo
contrario: sumisas cajas de resonancia de espaldas a nuestro tiempo. Y
Alarcón llega a ponerse picúo cuando le dice ``Querido
John: allí, en Liverpool, entonaban baladas de amor con verbo
proletario y nosotros acá desafiábamos al monstruo''.
Ahora comprendo: el monstruo éramos nosotros, que
entonábamos las mismas canciones, pero con verbo
burgués. ¿En qué bando estaría entonces don
Ricardo Alarcón, el de los perseguidos o el de los
perseguidores? ¿Escucharía a escondidas, entre reuniones del
partido, al Lennon que hoy tanto ama? ¿Levantaría alguna vez
la voz contra las persecuciones y la caza de
brujas? ¿Habrá propuesto, sin que nosotros lo
supiéramos, no ya levantarle una estatua, sino lo más
elemental: que pudiéramos escuchar a este cantor de ``verbo
proletario'' en las emisoras radiales del proletariado, y no en las del
``monstruo imperialista'', que según él nos cuenta, lo
perseguía con saña (y lo publicaba con fervor)?
O quizás responda como Fidel Castro, cuando la prensa
(extranjera, of course), ante el Lennon inmutable de la estatua, le
preguntó por aquellas persecuciones: ``No tengo la culpa'',
dijo. ``Lamento mucho no haberlo conocido antes'' --le faltó dar la
mano a la estatua: ``Mucho gusto. No, el gusto es mío''--. ``En
aquellos tiempos teníamos tanto trabajo''. Y más tarde se
consideró ante la prensa ``un soñador'' como Lennon y
afirmó que el ex beatle tenía razón, quedaban unos
cuantos soñadores más. ``Yo soy un soñador que ha
visto convertidos más de una vez mis sueños en
realidades''.
Adiferencia de Lennon, sus sueños
cumplidos son las cumplidas pesadillas de muchos. Tampoco tendría
la culpa Alarcón, porque cita textualmente a Lennon: ``Los sesenta
vieron una revolución entre la juventud... Una revolución
completa en el modo de pensar. La juventud lo asumió primero y la
siguiente generación después. Los Beatles fueron parte de la
revolución. Estábamos todos en este barco en los
sesenta. Nuestra generación --un barco que iba a descubrir el nuevo
mundo. Y los Beatles éramos los vigías de ese barco. Eramos
parte de él''.
Pero a nosotros nos repitieron que el barco era el Granma, y que el
vigía era otro. No. Tampoco don Rodrigo de Triana. Otro. La amnesia
de los políticos siempre me maravilla. Pero en este caso me
escandaliza. Más que amnesia, parece demencia senil, y de las
más avanzadas. Confiemos que en los próximos días
ninguno de los nuevos policías venidos de Oriente, y que
quizás no haya oído hablar de la ``inspiración
comunista'' que, según Alarcón, animaba a John Lennon, le
arrastre por los pelos de bronce a la comisaría más cercana,
le propine al titanio una paliza con una barra de acero y lo eche de nuevo
a la calle, rapado a soplete, con pinta de loco tras la última
sesión de electroshocks en el manicomio político de la
isla.
Imagine
Periodista y escritor cubano radicado en Sevilla, España.
© El Nuevo Herald