El sentido de esta peregrina clasificación, donde se agrupan
proxenetas y disidentes, no responde a ninguna perplejidad
filosófica. Todo lo contrario. Se trata de una definida
posición de principios. Confrontado con la crisis de la embajada
del Perú en 1980, ya Fidel Castro había planteado que los
que se querían ir de Cuba eran delincuentes. No se trata de un
simple insulto. Para los marxistas-leninistas, la delincuencia, la
prostitución, la pobreza, la guerra, el racismo y todos los
demás males sociales son, en última instancia, una
consecuencia del capitalismo. Es por esto que la revolución
anticapitalista conquistará, inevitablemente, el apoyo de la
inmensa mayoría de los trabajadores. Es por esto que sólo
elementos antisociales pueden estar contra la revolución. De no ser
así, toda la concepción marxista carecería de
sentido.
La solidaridad interna con los activistas detenidos demuestra que no es
posible aislarlos pese a las enormes presiones que se ejercen sobre sus
compañeros.
Ahora bien, si la popularidad de la revolución es uno de sus
axiomas básicos, un corolario será la imposibilidad de una
oposición de masas. Que se trata de un mito lo corrobora la
insistencia del gobierno en la insignificancia de la oposición
mientras rechaza espantado cualquier tipo de plebiscito popular. De
aquí que se deduce que la principal tarea de la oposición
será, precisamente, demostrar la popularidad que, en gran medida,
ya tiene. Muy difícil pero no imposible. La solidaridad interna con
los activistas detenidos, por ejemplo, demuestra que no es posible
aislarlos pese a las enormes presiones que se ejercen sobre sus
compañeros. Es importante comprender por qué.
En cierta medida, la delincuencia y la oposición son
fenómenos provocados por la miseria, la arbitrariedad y la
corrupción de los gobernantes. Representan, sin embargo, dos
reacciones no ya distintas sino estrictamente inversas. A una parte de la
población, la gravedad de la situación la aplasta, la hunde
por debajo del nivel medio de la moralidad imperante. Es ésta la
que opta por la delincuencia y pretende sobrevivir a costa del resto de la
población. A otra parte de la sociedad, sin embargo, la gravedad de
la situación no la hunde sino que la levanta, la hace crecerse y
convertirse en un ejemplo de integridad. Es ésta la que abraza la
oposición activa. Oposición que no sólo no pretende
sobrevivir a costa del resto de la población sino que, por el
contrario, sacrifica lo poco que tiene para convertirse en su defensor
práctico y en su vocero político. Nada de extraño que
conquiste primero la superioridad moral y, con el tiempo, la popularidad
de masas. Fue por esto precisamente que, en vísperas del juicio, el
gobierno ordenó la detención de centenares de activistas en
todo el país. No se puede permitir una solidaridad visible.
La solidaridad internacional, por su parte,
demuestra que, pese a las campañas gubernamentales de
descrédito, los disidentes han conquistado prestigio y
reconocimiento en el exterior. Ambos fenómenos, el interno y el
externo, se refuerzan mutuamente. La presencia de un diplomático
sudafricano que pretendía asistir al juicio como observador fue
significativa. El arzobispo Desmond Tutu, premio Nobel de la Paz, siempre
ha estado activo en la solidaridad con los cubanos pero hay que decir que
Nelson Mandela hubiera podido optar fácilmente por una ausencia
cómplice y no lo hizo.
La secretaria de Estado norteamericana Madeleine Albright tenía
toda la razón cuando insistió, aquí en Miami, en que
el mundo tenía que conocer los nombres de los disidentes cubanos y
calificó de héroes a Vladimiro Roca, Martha Beatriz Roque,
Félix Bonne Carcacés y René Gómez Manzano. No
se puede responder a la brutalidad castrista con concesiones. Ahora vemos
lo que se consiguió con abandonar el cabildeo en la Comisión
de Derechos Humanos en Ginebra. Se trata de todo lo contrario. Hay que
empezar por fortalecer Radio Martí y hacer de Televisión
Martí una realidad en la isla. Nunca se ha tratado de problemas
técnicos sino de voluntad política. El juicio de los cuatro
puede y debe convertirse en una oportunidad para condenar y sancionar al
único y verdadero delincuente: la dictadura de Fidel Castro.
Un juicio histórico
Copyright 1999 El Nuevo Herald