En términos realistas Mandela presentó un proyecto al
parecer irrealizable, y en la mentalidad de los racistas sudafricanos y
sus mundiales admiradores acaso hasta irrisorio. Castro, al contrario,
prometió algo para lo que la sociedad estaba preparada: restaurar
la democracia y profundizarla. Mandela les parecía a muchos un
demente; Castro, la promesa que los criollos estaban buscando desde que
perdieron el serio liderazgo de mediados del siglo XIX, para sustituirlo
en el XX por una caterva de farsantes.
Los racistas sudafricanos acusaron a Mandela --lo mismo que en su
tiempo el gobierno de Batista a Castro-- de comunista. Lo curioso es que
tanto uno como el otro lo negaron enfáticamente y, además,
la historia y la vida les dieron a ambos la oportunidad de demostrar si
eran los demócratas y constructores que se decían ser o unos
demagogos ansiosos de poder y de oprimir. Mandela tenía los
pronósticos en su contra, dado que en Africa los líderes que
una vez lucharon por la independencia de sus pueblos después se
convirtieron --como Sekou Touré-- en dictadores despreciables,
ególatras y asesinos. Además, en el caso sudafricano, era
probable que un líder revanchista hubiera encontrado el apoyo de la
mayoritaria población negra, resentida por las ignominias que los
blancos racistas les hicieron pasar en su propia tierra.
Mandela no excluyó la alianza con cualquier fuerza
política que compartiera el ideal de eliminar el apartheid --los
comunistas sudafricanos incluidos--, pero se pronunció como un
admirador del parlamentarismo inglés, el multipartidismo y del
principio un hombre un voto. Tal credo lo tuvo por casi tres
décadas en la cárcel.
Mientras Mandela estaba en la cárcel Castro gobernaba y, con el
tiempo, reconoció que había mentido --``en silencio ha
tenido que ser''-- y que consideraba la democracia como una
``demoporquería''. Sus cuarenta años de gobierno no han
creado una Cuba mejor, el país es hoy un estado policiaco y
hambriento que, además, ha instaurado una peculiar forma de
apartheid, el turístico. Mandela llegó al poder en
elecciones democráticas, consideró que un solo mandato
presidencial ha sido suficiente para implantar los principios que
proclamó en el juicio. Retirándose voluntariamente del
poder, en la cima de su fama, admirado y respetado por su pueblo y el
mundo, alcanza la cúspide de su estatura moral.
Demás está decir que las democracias parlamentarias --el
sistema sudafricano lo es-- no plantean los problemas de reelección
de las presidenciales. El parlamentarismo permite al líder del
partido ganador permanecer en el poder mientras tenga suficientes votos en
el parlamento. Mandela podía permanecer de por vida en el poder sin
arriesgar sus credenciales democráticas, se retira para ser
consistente con sus promesas y para sentar un precedente para sus
sucesores.
Además, demuestra lo intrínseco de su naturaleza: le
interesa el bien de Sudáfrica, no su persona; la democracia, no su
poder personal; el respeto, no el miedo; la reconciliación, no el
odio; la construcción de la nación, no su
destrucción. Ha apostado --como Desmond Tutu-- por el liderazgo
moral por encima del poder político.
Tanto Mandela como Castro son grandes políticos, y los
políticos se definen por la relación que tienen con el poder
y lo que hacen con éste cuando lo adquieren.
No todos los políticos, incluso los más hábiles,
son grandes hombres. Cuando ambas cosas coinciden son recordados con amor,
el poder es en estos casos un medio más que un fin en sí
mismo. Más allá de la habilidad política en los
hombres como Mandela hay una gran fibra moral, algo que no se ve a menudo
en los políticos. A Mandela le sobra lo que a Castro le falta.
Mandela ya ha sido coronado por su tiempo mientras Castro espera la
absolución que ni el presente, la historia ni el más
allá están dispuestos a otorgarle.
Mandela y Castro