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Los curas de las parroquias dicen que los bautismos de adultos están aumentando. Las clases de catecismo están enrolando nuevos niños. En La Habana, la última adición al minúsculo cuerpo de curas naturales del país fue ordenada hace unos días en una triunfal misa en la Catedral. Con todo, esos signos de vitalidad de la iglesia no atenúan el desaliento y la frustración que han estado aumentando entre los católicos desde la visita de Juan Pablo II el pasado enero. El gobierno de Fidel Castro, que fue elogiado por haber recibido al Papa, trasmitido sus mensajes, frecuentemente críticos, y liberado algunas decenas de presos políticos a solicitud suya, no ha mostrado mayor flexibilidad desde entonces en respuesta a las demandas de mayor libertad de la iglesia. Aparentemente, los esfuerzos por facilitar la admisión de curas y monjas extranjeros no ha progresado. Ni tampoco las demandas de que el gobierno disminuya el control sobre las agencias católicas de servicio social que pudieran repartir alimentos y medicinas provenientes del exterior y necesitados con tanta urgencia. Se han negado tantos permisos para las procesiones religiosas como se han concedido, según dicen los funcionarios de la iglesia, y han resultado fallidas las esperanzas de que la visita papal pudiera abrir unespacio para los grupos religiosos en los medios de comunicación estatales. La aprobación de viejas solicitudes, permitir la apertura de escuelas católicas o la importación de prensas offset para hacer boletines y revistas, parece seguir tan remota como en el pasado. ``La gente religiosa en general está sintiendo un mayor sentido de libertad que antes de la visita del papa'', dijo Orlando Márquez, un vocero del arzobispo de La Habana, cardenal Jaime Ortega. Pero Márquez añadió rápidamente: ``Es obvio que todavía falta comprensión por parte de las autoridades en cuanto al papel que la iglesia debe tener en la sociedad. Todavía hay limitaciones innecesarias''. Tanto el gobierno como la iglesia subrayan que los meses pasados en la preparación de la visita papal de cinco días dejó un legado de mejor comunicación entre ellos. Dicen que problemas que hubieran podido desencadenar crisis en el pasado ahora se manejan discreta y rápidamente. Cuando una emergencia médica requirió que un obispo tuviera que viajar súbitamente a Estados Unidos durante un pasado fin de semana, las autoridades le dieron una visa inmediatamente. Cuando funcionarios del Partido Comunista perdieron la paciencia con lo que ellos consideraron las actividades ``políticas'' inapropiadas de un cura de origen norteamericano en la provincia de Santa Clara, los funcionarios de la iglesia estuvieron de acuerdo en traerlo de vuelta a La Habana para evitar su expulsión. (Los funcionarios de la Iglesia dijeron que el cura, el reverendo Patrick Sullivan, rehusó ser reasignado y optó por marcharse del país.) ``Se ha establecido una relación de trabajo entre la Conferencia de Obispos y el gobierno cubano que, pienso, será muy significativa en el futuro'', dijo el cardenal Bernard Law de Boston, un asiduo observador de la iglesia cubana. ``El clima de las relaciones entre la Iglesia y el Estado es mejor'' añadió Law en una entrevista telefónica, diciendo algo que muchos prelados cubanos no podrían decir sino en privado. ``Pero ¿qué ventaja tiene el clima si no suceden otras cosas? No se puede estar siempre celebrando el clima''. Por los estándares prevalecientes en América Latina, la Iglesia Católica cubana sigue siendo tan pequeña y cautelosa que parece políticamente insignificante. Aunque se ha bautizado a casi la mitad de los 11 millones de cubanos y la Iglesia reclama como católico aproximadamente al 70 por ciento de la población, la mayoría de los analistas estima que los practicantes son apenas una fracción de esas cifras. En la última década, varias congregaciones protestantes y la santería han crecido más rápidamente. Con el Papa a su lado durante una misa en enero, el arzobispo de Santiago de Cuba, Pedro Meurice Estiu, le echó la culpa del maltrecho estado de la Iglesia ``a la confrontación ideológica con el marxismo-leninismo inducido por el Estado''. Pero ese tipo de desafío no ha tenido mucho eco desde la partida de Juan Pablo II. Un tono más típico ha sido el del reverendo Manuel Une mientras conducía a unos visitantes a través de las aulas que se están construyendo en el sótano de la iglesia de San Juan de Letrán, en La Habana. ``El proceso tiene que ser gradual'', dijo. ``Hay que preparar los cambios''. Con todo, el desafío que pudiera plantearle la Iglesia Católica al Partido Comunista se ha acentuado, aun cuando el gobierno esté reafirmando su control. Al responder el llamado del Papa a ``participar en el debate público'', un incipiente Movimiento de Obreros Católicos comenzó recientemente a anunciar sus planes de celebrar un taller en La Habana con el audaz título de ``Mujeres: Democracia y Participación''. Otros grupos católicos han surgido para organizar campesinos y profesionales, y para tratar temas de derechos humanos y problemas de los ancianos. Y un pequeño, pero creciente, número de grupos de discusión ha comenzado a erosionar la vieja costumbre de prohibir cualquier discusión política por parte de un ciudadano no comunista.
Copyright © 1998 El Nuevo Herald
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