Publicado el sábado, 11 de abril de 1998 en El Nuevo Herald

Cuba y el `síndrome de la esclavitud'

La fiesta hebrea de Pésaj, fiesta de la libertad, debería ser observada por los cubanos, dondequiera que se encuentren.
DR. MOISES ASIS

Cubanos y judíos tenemos muchos aspectos en común. Ocurre con los cubanos de la diáspora, que han mantenido con orgullo un patrimonio cultural y una fuerte identidad en su mente, trasmitidas a las nuevas generaciones, no sólo en los últimos cuarenta años, sino en el último siglo.

Los cubanos de la isla también se parecen a los judíos en el conflicto por mantener sus valores e identidad cuando dichos valores e identidad son sometidos a la prueba de la supervivencia. Pero hay una experiencia en la historia del pueblo hebreo que debería servirles de lección a los cubanos y a todos los pueblos del mundo: el relato del éxodo de Egipto, cuyo significado sicológico he llamado el ``síndrome de la esclavitud en Egipto''.

Cada año, durante la semana del primer plenilunio o luna llena en la primavera, los judíos de todo el mundo celebran la fiesta de la libertad: Pésaj, Passover o la fiesta de los panes ázimos o sin levadura. Esta significativa celebración se repite anualmente desde hace 3,200 años. En ese recuerdo se diferencian los hebreos de los cubanos y de otros pueblos y religiones.

Antes del año en que tuvo lugar el Exodo, 1225 a.n.e., los judíos habían sido invitados a vivir en Egipto como distinguidos huéspedes: tenían tierras y ganado y la libertad de practicar su religión. Un día comenzó a reinar un nuevo Faraón a quien no le importaba recordar el bien que José y los judíos habían hecho a Egipto.

Los judíos habían perdido sus valores y herencia cultural, se habían asimilado al paganismo egipcio, y para el nuevo Faraón fue muy fácil convertir en esclavos a ese pueblo que hasta entonces había sido su huésped. La esclavitud moral o el abandono de los valores facilitaron la esclavización física del pueblo hebreo.

Durante 210 años vivieron y trabajaron como esclavos, durante 210 años sufrieron una esclavitud acompañada de crueldad física. Las nuevas generaciones nacían como esclavos y generaban nuevos esclavos, que pensaban como esclavos, tenían kotzer rúaj o agotamiento del espíritu.

Nunca hubo protestas, nunca hubo rebeliones. El esclavo no sabe qué es la libertad, sólo sabe que sufre y ansía no la lucha, sino la seguridad.

Los amos egipcios estaban contentos de que sus esclavos llevaran una vida amoral, idólatra, para que desviaran su moral y energías, y no tuvieran tiempo ni fuerzas para pensar en ideas ajenas, extrañas, como la libertad.

¿Quién tuvo la tarea de liberar a ese pueblo tras 210 años de esclavitud? Moisés, un judío educado como hombre libre en la corte y que se sentía en deuda con sus hermanos.

La tarea más dura de Moisés fue convencer al pueblo hebreo para que aceptara ser libre. Esa fue la tarea más dura: que aceptaran ser liberados, salir hacia un nuevo país y una nueva vida, eliminar de sus mentes la influencia pagana y esclavista de Egipto tras dos siglos de servidumbre.

Créame, lector, mucho más fácil fue para Moisés pararse frente al Faraón y exigirle: ``Deja salir a mi pueblo''. Mucho más fácil fue para Dios enviar progresivamente diez plagas --pese a la oposición del pueblo, que temía represalias-- para forzar al faraón Ramsés II y los egipcios a que dejaran en libertad a sus extenuados esclavos.

Como Egipto era la tierra de opresión, Moisés inventó una meta atractiva, que ni él mismo conocía (``la tierra que fluye leche y miel''), para convencer a los judíos de que dejaran de ser esclavos y lo siguieran. La alternativa fue Canaán, la tierra de promisión.

Toda aquella gente que había sufrido siglos de servidumbre sumisa y resignadamente, se rebelaron diez veces contra Moisés cuando se enfrentaron con dificultades. Surgieron líderes de oposición que propusieron volver al culto pagano de los egipcios en busca de ayuda. Ante la vida dura en el desierto, quisieron incluso volver a Egipto, a ser esclavos, pues añoraban que allá comían sin estar sometidos a las exigencias de la cultura y de la religión.

Moisés no pudo con aquellos esclavos de espíritu. Demoró intencionalmente 40 años la llegada a Canaán, dando vueltas por el desierto del Sinaí, para que toda aquella generación que tenía 20 años o más cuando salieron de Egipto muriera y llegaran a la Tierra Prometida sólo aquéllos hombres y mujeres que nacieron o maduraron en un ambiente de libertad.

El virus de la esclavitud, cuando hace metástasis en la mente de los hombres, es muy difícil de curar; es el síndrome de la esclavitud en Egipto, que se repite en cada pueblo y en cada generación.

En la celebración de Pésaj, la primera semana de luna llena en primavera desde hace 3,200 años, los judíos comemos juntos matzá (galletas sin levadura ni sal) y hierbas amargas para enseñarnos que en tiempos de libertad no debemos olvidar que fuimos esclavos, y en épocas de opresión debemos mantener viva la esperanza de libertad. Libertad implica introspección, aceptar responsabilidad individual, albedrío, respeto, no oprimir al trabajador pobre y necesitado. Como decía José Martí, ``el derecho a pensar y hablar sin hipocresía'', a decidir nuestro destino y pasos. Sin temor a la libertad, como decía Erich Fromm.

Es una pena que los cubanos y el pueblo cristiano no celebren Pésaj o la fiesta de la libertad, una festividad hebrea tan significativa en la que decimos: ``En cada generación, cada hombre debe sentir como si él mismo hubiese salido de Egipto''.
Científico, abogado y escritor cubano. Trabaja en el Florida Department of Children and Families, en Miami.


Copyright © 1998 El Nuevo Herald