Publicado el domingo, 6 de diciembre de 1998 en El Nuevo Herald

LUIS AGUILAR LEON

España: sentimiento y resentimiento

Para miles de cubanos que aman a España, la actitud hacia Castro del gobierno español, respaldada jubilosamente por gran parte de la prensa, es motivo de honda pesadumbre y melancólica ira. Poco esperábamos de los socialistas españoles, quienes traicionaron sus principios apoyando a un régimen que tiene al proletariado cubano de rodillas frente al capitalismo extranjero. Pero, aunque con flacas esperanzas, pensamos que las ideas de Aznar y su partido mantendrían más erguido al espinazo político de España. Nos equivocamos. La futura visita ``oficial'' de los reyes de España es más que un gesto de fría diplomacia, es un cálido abrazo a un gran amigo que nada más lleva cuarenta años aplastando al pueblo cubano. Rompiendo viejos vínculos, la España actual le da la espalda a cientos de miles de cubanos exiliados, tan leales a ella que no se les ha ocurrido responder a tal actitud negándose a comprar productos españoles.

Lo más dramático de esta situación es que, por segunda vez, España se equivoca en su política hacia Cuba. El primer error nació de un sentimiento, el segundo de un resentimiento. El sentimiento nació cuando, a principios del siglo XIX, el gobierno español se tornó contra los cubanos, en quienes veía amenazantes rebeldes. El lema de los más extremosos españoles, ``Nosotros somos los dueños de la isla y la mantendremos española'', se convirtió en política oficial contra la cual se estrellaban todos los esfuerzos de los reformistas cubanos. Así estalló la Guerra de los Diez Años, tras la cual el propio general español Martínez Campos trató de convencer a Madrid de la necesidad de reformas. La respuesta fue la misma. Así, en 1895, comenzó la segunda Guerra de Independencia. Y llegó la intervención norteamericana y España perdió la sombra de su imperio. La derrota trajo el resentimiento.

Hubo españoles que analizaron ``el año del desastre'' y señalaron las mentiras oficiales sobre la situación en Cuba, la corrupción y la absurda ceguera de los políticos españoles. Pero lo que predominó fue el resentimiento frente a esos despreciables yanquis, ``comedores de salchichas'', incultos hasta los huesos, quienes, lamentablemente, sabían construir poderosos cañones y habían humillado a España. Se insinuaba que los cubanos rebeldes que tanto habían sacrificado eran poco menos que mercenarios pagados por los yanquis. Hoy en la efusión de la amistad, hay prensa española que casi afirma que la Guerra del 98, fue casi una lucha de españoles y cubanos contra el odioso yanqui.

Tal distorsión de la historia obliga a recordar algunos hechos. No sólo la tozudez del gobierno español contribuyó a hacer inevitable la guerra, sino que ni un solo mambí cayó bajo el fuego yanqui. Fueron las balas españolas las que decimaron a las filas mambisas, fueron los españoles los que ejecutaron o mataron en combate a inocentes poetas como Plácido y Juan Clemente Zenea, a indefensos estudiantes universitarios, conducidos al paredón por las hordas de ``voluntarios'' españoles, a Perucho Figueredo, a Antonio Maceo, a José Martí, y a miles de cubanos más. Y fue el general Weyler, hoy en día aplaudido en España, el que organizó las famosas ``reconcentraciones'' de campesinos que causaron la muerte a cientos de mujeres y niños.

Hoy en día, con ceguera semejante a la del siglo XIX, en mucho influenciado por el resentimiento de la derrota, el gobierno español se juega su futuro en Cuba apoyando a un dictador viejo, que ha aislado a Cuba del siglo XX, cuya ruina física y moral les ha permitido a los inversionistas españoles sacar ganancias fáciles de la tierra esclavizada. Sin ni siquiera repasar la historia, por no mencionar la validez de los principios, España se juega el futuro por las pesetas del presente. Sembrar odios en la isla y fuera de la isla es poner en peligro valores más altos que los millones de hoy. Cuando el cambio ocurra, Cuba tiene que volver a la modernidad, y tiene que insertarse en el mundo del capitalismo señoreado por Estados Unidos. Es entonces que a España le interesaría contar con amigos en Cuba y fuera de Cuba. Y eso no se puede lograr con turistas que andan con aires de conquistadores en La Habana y dándole estrechos abrazos a un dictador en decadencia.


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