Publicado el martes, 8 de septiembre de 1998 en El Nuevo Herald

Elogio de Carlos Márquez Sterling

MARIFELI PEREZ-STABLE

Hoy se cumple el centenario del nacimiento de Carlos Márquez Sterling (1898-1991), presidente de la Asamblea Constituyente de 1940 y destacado político en la República de Cuba. Durante la década del 50, su voz fue una de las más constantes y serenas en favor de las urnas como único medio capaz de lograr una solución nacional democrática. ``La bazuca y el diálogo cívico no pueden marchar juntos'', decía. Nunca lo conocí y, por tanto, no puedo dar un testimonio personal, pero deseo honrar su memoria recordando algunas de las características más notables del año 1955, cuando Márquez Sterling y otros cubanos dignos suscribieron una plataforma de paz.

Después de las elecciones fraudulentas de 1954, Fulgencio Batista pretendió asumir la presidencia de jure y aflojó las riendas dictatoriales; restableció parcialmente las garantías constitucionales y decretó la amnistía de los presos políticos. La legislatura reabrió sus puertas y por ellas pasaron unos 18 senadores de la oposición. No pocos opositores vieron en esos modestos espacios una oportunidad para negociar con Batista la restauración de la normalidad institucional mediante la convocación de nuevas elecciones. Cuba se asomaba a una coyuntura que podría haber saldado pacíficamente la crisis política que entonces la azotaba.

Ninguna transición pacífica es fácil y la que no sucedió en nuestro país durante ese año decisivo tampoco lo hubiera sido. No obstante, había indicios de que iban surgiendo condiciones a su favor. Los que habían abogado por la violencia desistieron temporalmente de ella. El líder estudiantil José Antonio Echeverría y la Federación Estudiantil Universitaria se unieron al Diálogo Cívico propiciado por el respetado político Don Cosme de la Torriente. Entre octubre y diciembre hubo multitudinarias manifestaciones a lo largo de la isla en favor de una irrestricta restauración constitucional. Dentro de las filas gubernamentales, hubo amagos de fisuras. Los militares partidarios de la dictadura perdían terreno, mientras que políticos civiles lo ganaban. Los fidelistas estaban mayormente en el exilio. Se despuntaba una dinámica, esencial a toda transacción, a favor de los moderados en la oposición y en el gobierno.

¿Qué pasó? La respuesta tampoco es fácil, pero vale señalar lo siguiente. Las fuerzas políticas oposicionistas estaban debilitadas. El partido Auténtico llevaba sobre sus hombros la carga de haber despilfarrado las esperanzas que la ciudadanía había depositado en él en 1944. El partido Ortodoxo se aferraba a una línea de independencia política que le impedía formar las alianzas necesarias para enfrentarse al régimen. Sin contar con los medios políticos para imponerla, la oposición abrazó la demanda de elecciones generales inmediatas --si bien justas y preferibles-- sin margen para negociar unas parciales Imperaba un ambiente tremendista e intolerante. Cuando Márquez Sterling declaró que unas elecciones parciales en condiciones de plenas garantías podrían ser una alternativa, unos jóvenes revolucionarios lo agredieron.

Por otra parte, Batista no negoció de buena fe. No entendió, como sí lo había hecho a fines de la década del 30, la urgencia de transigir con la oposición. Así, a principios de 1956, el momento se fue apagando. La resistencia cívica fue perdiendo vigor. La oposición parecía concentrar sus energías en pugnas internas más que en la actividad política. Ya para abril, cuando un grupo de auténticos priístas atacó el Cuartel Goicuría en Matanzas y el coronel Ramón Barquín intentó llevar a cabo la llamada conspiración de los puros, las perspectivas de una transición pacífica se habían prácticamente disipado. El régimen cerró espacios y arreció la represión. El año concluyó con el desembarco del Granma y las terribles Pascuas sangrientas. Mientras los fidelistas se internaban en la Sierra Maestra, los batistianos dejaban los cadáveres de 21 jóvenes a simple vista a lo largo y ancho de Oriente.

El año 1955 fue una oportunidad perdida. No era inevitable el protagonismo de los fidelistas en el desenlace final de la dictadura de Batista. Si voces constantes y serenas como la de Márquez Sterling se hubieran escuchado y traducido en un fuerte movimiento cívico, nuestra historia podría haber transcurrido por otros senderos. No fue así. Tarde o temprano, los cubanos nos enfrentaremos de nuevo a una coyuntura propicia a la paz y conducente a la democracia. Ojalá que, entonces, sepamos aplicar las lecciones de ese fallido 1955. Si así fuera, el legado político de Carlos Márquez Sterling no se habría perdido.

Profesora de sociología de la Universidad de Nueva York, recibió el Premio Centenario de Carlos Márquez Sterling auspiciado por el Cuban Research Institute de Florida International University y el Republic Bank por su ensayo `La transición pacífica que no fue: Cuba, 1954-1956'.


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