Publicado el domingo, 6 de diciembre de 1998 en El Nuevo Herald

CARLOS ALBERTO MONTANER

Tres chantajes

El señor Primakov, viejo aparatchik reciclado tras la hecatombe soviética, hace pocas fechas pidió limosnas a punta de misiles. Su mensaje fue muy claro, el Kremlin no podrá garantizar la democracia, la integridad geográfica, o la seguridad nuclear, a menos que el Occidente, rico y dispendioso, le suministre una importante suma de dinero. Y debe, además, hacerlo con cierta rapidez y sin poner demasiadas condiciones, porque el horno ruso no está para tortas del FMI o del Banco Mundial. Quieren dinero contante y sonante y no lecciones de economía de mercado.

Eso en buen castellano --o francés-- se llama chantaje. Pero no es un caso único. Pocos meses antes de la demanda rusa le tocó el turno a Corea del Norte. Mientras el mundo se estremecía de horror frente las muchedumbres macilentas y los campesinos hambrientos --escenas filmadas por primera vez por camarógrafos del odiado mundo capitalista--; y mientras Corea del Sur, Estados Unidos, Japón y Europa enviaban millones de toneladas de alimentos encaminados a paliar ese desastre, el ejército norcoreano lanzaba un amenazante misil de largo alcance que cruzaba sobre el cielo de Japón. Un misil que no tenía otro destino que el de advertirle al mundo que Pionyang no sólo posee armas atómicas, como saben desde hace años los servicios de inteligencia, sino que, además, es capaz de trasladarlas a miles de kilómetros de sus fronteras. Si colocar un satélite comercial en órbita puede costar cincuenta millones de dólares, es muy probable que el programa balístico norcoreano cueste diez veces esa suma. Una cifra con la que se aliviara sustancialmente la hambruna que padece ese pobre país.

Una tercera modalidad del chantaje es la empleada por Castro para lograr su objetivos políticos. Es lo que en la picaresca de los mendigos se suele llamar la ``técnica del muñón purulento'', vieja fórmula de manipulación sicológica perfectamente estudiada. El ``truco'' consiste en horrorizar al presunto donante con el dolor de la víctima. Mientras más moscas concurran a la herida, tanto mejor. Castro ya no amenaza con guerrillas, terroristas o fuerzas expedicionarias, pues carece de recursos para ello, sino se limita a exhibir la infinita miseria de los cubanos, las legiones de muchachos y muchachas que venden sus cuerpos fatigados a turistas extranjeros para poder comer, o ``filtra'' informaciones sobre la creciente desnutrición de la población, y lo hace con el único propósito de obligar a Estados Unidos a normalizar sus relaciones y conseguir que se reanuden los vínculos comerciales entre los dos países. Tras pasarse la vida gritando que Cuba fue pobre porque la explotaban los americanos, al llegar al final del camino el comandante descubre y grita que Cuba es aún más pobre porque no la explotan los americanos. Estalinismo porque boga y estalinismo porque no boga.

Otra variante de ese chantaje cubano --hasta la ruindad puede tener sutilezas y recovecos-- es el obsequio de prisioneros de conciencia a cambio de concesiones económicas. Si el político que lo visita es portador de una suma jugosa, o de una línea de créditos, y muy discretamente --siempre sin estridencias, porque la dignidad es lo primero--, solicita la libertad de algunos perseguidos políticos, o el permiso de emigración de personas retenidas en el país contra su voluntad, entonces Castro ejerce magnánimamente el poder de vida o muerte que tiene sobre sus aterrorizados súbditos y concede la gracia pedida. Esto es lo que ha hecho recientemente con el canadiense Chrétien, con el canciller Matutes, con Fraga Iribarne --todos bien intencionados, naturalmente--, y hasta con el Papa, que no era portador de un cheque lleno de ceros, sino de una utilísima señal diplomática para el resto del planeta. Esto es lo que hará cuando el rey de España, lleno de ilusiones democráticas, lo visite en la primavera del 99. Antes los españoles les daban a los indios cuentas de colores a cambio de pepitas de oro. Ahora los indios, que han aprendido mucho, les dan carne magullada a cambio de pepitas de oro.

¿Qué hacer ante estos chantajes? ¿Qué hacer cuando la petición que nos hacen está montada sobre el supuesto de que, si no cedes, continuarán martirizando a terceras personas? Los sicólogos especializados en secuestros le llaman a esto ``el dilema del rehén''. Si complaces al malhechor tal vez salvas la vida del rehén, pero contribuyes a perpetuar ese tipo de conducta y creas las condiciones para que surjan otras víctimas en el futuro. Si te niegas, pones en peligro al rehén.

Si se ayuda a Rusia sin que terminen la corrupción, las mafias y el saqueo de los recursos del país, ¿cómo creer que dentro de dos años la extorsión no será aún mayor? Si se ayuda a Corea del Norte y a Cuba, dos países empecinados en mantener a toda costa sistemas monopartidistas, militarizados, regidos por caudillos tercamente empeñados en el capitalismo de estado y en el aplastamiento de la iniciativa individual, ¿qué incentivo habrá para que abandonen esa manera bárbara y contraproducente de dirigir a la población? Más aún: ¿es moralmente justificable que los excedentes creados con el trabajo intenso de los obreros libres se destine a subsidiar la contumaz insistencia en el error de los regímenes cuyas cúpulas gobernantes se niegan a eliminar las causas de sus propias desgracias? El juicio ético consiste exactamente en eso: en saber elegir cuál opción es la menos mala. Y a veces es muy difícil acertar.
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