Una tercera modalidad del chantaje es la empleada por Castro para lograr
su objetivos políticos. Es lo que en la picaresca de los mendigos
se suele llamar la ``técnica del muñón purulento'',
vieja fórmula de manipulación sicológica
perfectamente estudiada. El ``truco'' consiste en horrorizar al presunto
donante con el dolor de la víctima. Mientras más moscas
concurran a la herida, tanto mejor. Castro ya no amenaza con guerrillas,
terroristas o fuerzas expedicionarias, pues carece de recursos para ello,
sino se limita a exhibir la infinita miseria de los cubanos, las legiones
de muchachos y muchachas que venden sus cuerpos fatigados a turistas
extranjeros para poder comer, o ``filtra'' informaciones sobre la
creciente desnutrición de la población, y lo hace con el
único propósito de obligar a Estados Unidos a normalizar sus
relaciones y conseguir que se reanuden los vínculos comerciales
entre los dos países. Tras pasarse la vida gritando que Cuba fue
pobre porque la explotaban los americanos, al llegar al final del camino
el comandante descubre y grita que Cuba es aún más pobre
porque no la explotan los americanos. Estalinismo porque boga y
estalinismo porque no boga.
Otra variante de ese chantaje cubano --hasta la ruindad puede tener
sutilezas y recovecos-- es el obsequio de prisioneros de conciencia a
cambio de concesiones económicas. Si el político que lo
visita es portador de una suma jugosa, o de una línea de
créditos, y muy discretamente --siempre sin estridencias, porque la
dignidad es lo primero--, solicita la libertad de algunos perseguidos
políticos, o el permiso de emigración de personas retenidas
en el país contra su voluntad, entonces Castro ejerce
magnánimamente el poder de vida o muerte que tiene sobre sus
aterrorizados súbditos y concede la gracia pedida. Esto es lo que
ha hecho recientemente con el canadiense Chrétien, con el canciller
Matutes, con Fraga Iribarne --todos bien intencionados, naturalmente--, y
hasta con el Papa, que no era portador de un cheque lleno de ceros, sino
de una utilísima señal diplomática para el resto del
planeta. Esto es lo que hará cuando el rey de España, lleno
de ilusiones democráticas, lo visite en la primavera del 99. Antes
los españoles les daban a los indios cuentas de colores a cambio de
pepitas de oro. Ahora los indios, que han aprendido mucho, les dan carne
magullada a cambio de pepitas de oro.
¿Qué hacer ante estos chantajes? ¿Qué hacer
cuando la petición que nos hacen está montada sobre el
supuesto de que, si no cedes, continuarán martirizando a terceras
personas? Los sicólogos especializados en secuestros le llaman a
esto ``el dilema del rehén''. Si complaces al malhechor tal vez
salvas la vida del rehén, pero contribuyes a perpetuar ese tipo de
conducta y creas las condiciones para que surjan otras víctimas en
el futuro. Si te niegas, pones en peligro al rehén.
Si se ayuda a Rusia sin que terminen la corrupción, las mafias y
el saqueo de los recursos del país, ¿cómo creer que
dentro de dos años la extorsión no será aún
mayor? Si se ayuda a Corea del Norte y a Cuba, dos países
empecinados en mantener a toda costa sistemas monopartidistas,
militarizados, regidos por caudillos tercamente empeñados en el
capitalismo de estado y en el aplastamiento de la iniciativa individual,
¿qué incentivo habrá para que abandonen esa manera
bárbara y contraproducente de dirigir a la población?
Más aún: ¿es moralmente justificable que los excedentes
creados con el trabajo intenso de los obreros libres se destine a
subsidiar la contumaz insistencia en el error de los regímenes
cuyas cúpulas gobernantes se niegan a eliminar las causas de sus
propias desgracias? El juicio ético consiste exactamente en eso: en
saber elegir cuál opción es la menos mala. Y a veces es muy
difícil acertar.
Tres chantajes
© Firmas Press
Copyright © 1998 El Nuevo Herald